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El Secretario de Justicia de los Estados Unidos Eric Holder habla en la graduación de la Escuela de leyes de la Universidad de Columbia
Nueva York ~ Viernes, 14 de mayo de 2010

Dean Schizer, distinguido cuerpo docente, padres orgullosos, familiares, amigos, y más importante aún, la Clase de 2010.  Gracias por invitarme a compartir este momento y acompañarlos en celebrar todos sus logros que ya han conseguido y que, sin duda, conseguirán.

 

Es un honor volver a la Escuela de Leyes de Columbia, si bien es casi un milagro que logré entrar a esta escuela en primer lugar.  Durante mis años como estudiante universitario aquí en Morningside Heights, era uno de los muchos alumnos en este campus que tenía opiniones formadas sobre casi todo.  Era la década del 70.  Durante mi último año de la carrera, varios de nosotros llevamos una de nuestras inquietudes a la oficina del Rector: los estudiantes de raza negra necesitaban un espacio designado para reunirse en el campus.  Como se trataba de Columbia, proseguimos a ocupar dicha oficina.

 

El objetivo de nuestra manifestación era el Rector Henry Coleman.  Nos escuchó, nos llevó a puntos en común y, en cierto punto, a un acuerdo de término medio.  Pero no estoy seguro de que estuviera contento sobre, digamos, su cautiverio forzado.   En la más alta exhibición de coraje, sin embargo, aún le pedí al Rector Coleman que me diera una recomendación para entrar a esta escuela de leyes.  Y, aunque no lo crean, aceptó.  Solo en Columbia, mis amigos.   Esta es una de las muchas razones por las que amo esta universidad.  

 

Regresar hoy, como el Secretario de Justicia de nuestra nación, al lugar donde estudié derecho, donde soñé en servir la causa de la justicia y al Departamento de Justicia de nuestro país, es un privilegio extraordinario.  Estoy orgulloso de formar parte de esta distinguida institución, y ella es una parte de mi persona.  Y estoy agradecido de estar entre los primeros en dar la bienvenida a estos hombres y mujeres talentosos a la familia de ex alumnos de la Escuela de Leyes de Columbia.  Y hoy, como siempre, me complace estar en casa.  

 

Nací a pocas estaciones del subterráneo en el Bronx.  Me crié en Queens.  Fui a la Escuela Secundaria Stuyvesant en Manhattan, y luego pasé siete años fantásticos en Columbia.  Fue del otro lado de la calle que descifré agravios y estudié, por lo que pareció meses, Palsgraf contra la Compañía de Trenes de Long Island.  Fue en la biblioteca que descubrí, y odié, contratos y pasé a querer a los trasnocheros.  Fue en la clase de derecho criminal del legendario Profesor Telford Taylor que se inspiró mi interés en combatir la delincuencia y mi compromiso con los Principios de la Ley.  Y fue durante los veranos en la escuela de leyes que tuve la oportunidad de trabajar para NAACP en los pocos casos de discriminación creativa de la época.  Esta escuela de leyes me definió de maneras que aún estoy descubriendo.  Y confío en que, en 35 años, ustedes también reflexionarán y se darán cuenta de que - de maneras importantes e imprevistas - esta universidad ha influenciado su trabajo y enriquecido sus vidas.

 

Por supuesto, la escuela de leyes ha cambiado desde que yo estudié en ella.  Hay más estudiantes internacionales y ofertas; hay unas doce publicaciones en lugar de solo dos.  Y, ¿qué es esto que me cuentan sobre la construcción de 200 dormitorios de lujo en el campus?  Cuando nosotros éramos alumnos universitarios aquí, el Presidente Obama y yo tuvimos suerte de tener agua corriente caliente.

 

En los años desde que recibí mi diploma, supongo que yo, también, he cambiado.  De acuerdo con un artículo de American Prospect publicado este año, "ingresé a la Universidad de Columbia en el otoño de 1969, justo a tiempo para usar un peinado afro y participar en algunas protestas estudiantiles acaloradas".  Pero otra cosa ha cambiado desde 1976, cuando ocupaba sus asientos, observando - como dijo el Rector Schizer - al entonces Secretario de Justicia Edward Levi recibir un diploma honorario.  Desde entonces, algo más importante que peinados y estrategias de protesta ha evolucionado.  Y ese algo es la ley.  A lo largo de las últimas tres décadas y media, nuestro sistema legal se ha transformado de maneras que son críticamente importantes, a pesar de fáciles de pasar por alto y tomar por entendidas.  

 

Tengan en cuenta que, cuando me inscribí en esta universidad, no podía votar, aunque tenía 18 años.  Sin embargo, podía beber.  Ahora, por supuesto, se le otorga el derecho al voto a todas las personas de 18, 19 y 20 años de edad.  O consideren que, cuando asumí como Secretario de Justicia de los Estados Unidos en febrero pasado, no había una única línea en casi 225 años del Código de EE.UU. que se refería explícitamente a la identidad de género.  Hoy, la Ley Matthew Shepard y James Byrd, promulgada por el Presidente el último mes de octubre, hace justamente eso, finalmente protegiendo a los ciudadanos gay, lesbianas, bisexuales y transexuales contra delitos crueles por odio.

 

Esos son apenas dos ejemplos.  En cada campo de la ley, se busca el progreso - y se logra.  Esta es la tradición más antigua - y, posiblemente, más acertada - de nuestra nación.  Desde las primeras épocas de los Estados Unidos, abogados dedicados vienen utilizando sus conocimientos y capacitación para lograr que se haga justicia, encontrando que su educación no solo los armó de la habilidad de cambiar la ley, sino que también les brindó el poder de cambiar el mundo.  Nuestro mejor ejemplo de esto puede ser nuestro ejemplo más temprano: el desarrollo de nuestra Constitución.  Hoy, vale la pena recordar, y mencionar, que nuestra Constitución no fue creada en un vacío.  De hecho, fue creada para corregir defectos en el marco legal que habían sido establecidos por los Artículos de Confederación.

 

Ahora, no se preocupen.  No estoy aquí para dar una conferencia sobre la ley.  Diría que ya han tenido bastante de eso.  Créanme, a lo largo del último año, yo también he tenido bastante.  En lugar de ello, me gustaría ofrecerles justo lo contrario: una corrección ligera pero significativa a la historia que muchos de nosotros crecimos estudiando - la historia de cómo el documento fundador más importante de nuestra nación, nuestra Constitución, fue establecida.

 

Hace doscientos y veintitrés años hoy, el 14 de mayo de 1787, se presentó una moción en Annapolis, Md., llamando a cada estado delegado a Filadelfia para una Convención Constitucional.  Ese verano, según cuenta la historia, los ancianos sabios de la República se reunieron para redactar lo que sería, a pesar de sus imperfecciones, el más importante documento legal de la historia de la humanidad.  Estos creadores creían, con razón, que la Constitución brindaría un marco para extender su compromiso a la justicia y la oportunidad para todos.  Y, según nos han enseñado, fueron estos hombres de estados mayores quienes esperaban que sirviera de gran ejemplo para todo el mundo.

 

El único problema en esta historia es que no es totalmente precisa.  A través de investigaciones muy interesante, dos grandes historiadores – Stanley Elkins y Eric McKitrick de Columbia – brindaron una imagen más completa.  Revelaron que, en lugar de ser el producto de profetas ancianos y venerables, nuestra Constitución fue, en realidad, establecida por insistencia de, y a través del apoyo de, jóvenes - específicamente jóvenes abogados.

 

Aquellos que apoyaron la Constitución, los Federalistas, eran una media de al menos una década más jóvenes que su oposición.  Varios Federalistas líderes tenían menos de 35 años, y unos cuantos de ellos tenían veinte y tantos años.  A los 44 años, el Federalista más viejo era George Washington.  Y muchos de sus contemporáneos, como el ex alumno de la Universidad de Columbia, John Jay, idearon sus opiniones sobre un gobierno fuerte, democrático y central durante sus primeros años de estudios del derecho.

 

La historia destaca una tendencia que hemos visto, una y otra vez, en cada capítulo de la historia de los Estados Unidos.  Los jóvenes, me parece, están singularmente preparados para reimaginar y, al hacerlo, dar nuevo vigor, al derecho y al mundo.  Muchos de los grandes progresos sociales en la historia de nuestra nación, fueron, en gran parte, el resultado de ideas que partieron de graduados de escuelas de leyes y que, con el tiempo, implementaron.  Esto resulta evidente ya sea con respecto a la erradicación de la esclavitud, el nacimiento del Movimiento del Voto Femenino y la aprobación de la 19ª Enmienda, o la aprobación de la 26ª Enmienda que acabó por permitir la participación de jóvenes - en número récord - en la elección presidencial de 2008.  Y, es especialmente verdad cuando se examina la concepción y creación de nuestras leyes de derechos civiles.

 

Hace varias semanas, viajé a Greensboro, N.C., para celebrar el 50o aniversario de la ocupación de mostradores de almuerzo de Woolworth - un pequeño movimiento estudiantil que pasó rápidamente a ser una causa nacional y, con el tiempo, inspiró cambios positivos arrolladores.  Motivó que varios estudiantes de derecho de Columbia participaran en los Viajes de la Libertad por toda Misisipi.  Abrió el camino para la famosa Marcha sobre Washington de Martin Luther King, Jr. en 1963.  Y ayudó a divulgar la filosofía de la protesta sin violencia que promovió la legislación asociada a los derechos civiles en la década del 60, y - pienso yo - eventualmente llevó a la elección de nuestro primer Presidente afroestadounidense, así como la designación de su primer Secretario de Justicia de los Estados Unidos afroestadounidense.  El excepcional compromiso y la capacidad de los jóvenes, especialmente aquellos que están dispuestos a dedicar sus habilidades y capacitación legal a la lucha por la igualdad de justicia y oportunidades, siempre será - y seguirá siendo - esencial para el progreso de nuestra nación.  

 

La Escuela de Leyes de Columbia cuenta con una larga tradición de graduar a alumnos que no están dispuestos a quedar al margen de la historia o perderse una oportunidad de trabajar para, o luchar para lograr la justicia.  Tomemos, por ejemplo, a Bella Abzug, clase de 1947.  Después de graduarse de la Escuela de Leyes de Columbia - pero antes de volverse una de las feministas principales del mundo - se ocupó de casos de derechos civiles en el sur.  O tomemos al Juez Robert Carter, clase de 1941.  La tesis para su master aquí eventualmente definió la estrategia legal de la NAACP para defender el derecho a la libertad de asociación bajo la Primera Enmienda.  Y entiendo que uno de nuestros otros ex alumnos famosos, Theodore Roosevelt, estaba tan apurado por causar un impacto que, después de su primer año en el campus, dejó los estudios para seguir una carrera de servicio público.  Piensen a dónde podría haber llegado si se hubiera quedado aquí como todos ustedes y se hubiera recibido.   

 

Muchos de ustedes seguirán esta gran tradición.  De hecho, algunos de ustedes ya lo están haciendo.  Brittani Kirkpatrick comenzó una nueva publicación legal que explora la intersección de raza y ley, ayudando a dibujar el futuro de esta área aún en crecimiento.  Justin Steil está uniendo sus antecedentes en planificación urbana a su educación legal para ayudar a determinar el futuro de las leyes de uso de tierras en un ambiente de vivienda que está cambiando rápidamente.  Y Janitra Supawong está ayudando a transformar la ley de inmigración y violencia doméstica en todo el país.

 

Existen innumerables ejemplos más de este mar azul ante mí: el trabajo de Jennifer Sokoler en derechos humanos; el de Sam Salganick en servicios médicos; y el de Emma Neff en derechos internacionales de reproducción.  Cada uno de estos alumnos, y muchos otros, están utilizando el poder de la ley como instrumento para el cambio.  

 

Por supuesto, se puede hacer esto de una serie de maneras.  Y lo harán, pues esta es una clase fantásticamente bien lograda y diversificada.  Uno de cada tres de ustedes es un alumno minoritario.  Representan a casi todos los estados y más de 50 países.  El quince por ciento de ustedes ya tienen diplomas avanzados.  No solo son eruditos, también son soldados, sobrevivientes de cáncer, artistas, estrellas de rock, líderes religiosos, animadores, bancarios, novelistas, periodistas y servidores públicos.  ¿Alguno es jugador de baloncesto?

 

Y, ahora, están ingresando a un mundo incierto - uno que lleva la carga de la recesión económica que muestra señales de recuperación.  Están dejando este campus en una época de retos sin precedentes, una era de nuevas amenazas y una época de guerra.  Sin embargo, deben resistirse a la tentación de sentir que tuvieron mala suerte.  No es así.  Se les ha dado una rara oportunidad.  Consideren los muchos ejemplos a lo largo de la historia de personas de la edad de ustedes, con exactamente su capacitación, que han mejorado nuestro país y fortalecido las estructuras y reglas que rigen a nuestra sociedad.  Y consideren cuántos de esos líderes recibieron capacitación en la ley - unos cuantos.  

 

Espero nada menos de cada uno de ustedes, ya sea que se dirijan a uno de los 30 estados distintos, o a uno de las docenas de países, representados por sus empleos pos graduación.  Ustedes ya han logrado cargos impresionantes en el gobierno y de interés público.  Números récord de ustedes están buscando puestos como secretarios de juzgado.  Pronto empezarán como becarios en organizaciones sin fines de lucro y ONGs que necesitan su asesoría desesperadamente.  Proveerán servicios legales a poblaciones indigentes.  Y, a pesar de los tiempos difíciles, ingresarán a las principales empresas de abogados del mundo.  

 

Sea cual fuera su camino, ustedes ya son exitosos.  Pero aunque les importe mucho su propio éxito futuro - y así debe ser, pues trabajaron arduamente para conseguirlo - insto a cada uno de ustedes a que busquen maneras de ayudar a los demás y a fortalecer tanto nuestro sistema de justicia como nuestro compromiso con los Principios de la Ley.  No solo tienen la capacidad, ahora tienen, también, la credibilidad.  Y también tienen la responsabilidad.  Una responsabilidad de Columbia.

 

Por supuesto, es posible que les digan muchas veces a lo largo de los próximos años que esperen.  Tal vez les digan que su visión de un sistema mejor necesita madurar, o peor aun, una toma de conciencia.  Pero yo les digo: confíen en sus instintos.  Crean en sí mismos.  Sigan sus propias ideas - a no ser, por supuesto, que sean uno de los dos graduados que vienen a trabajar al Departamento de Justicia, donde seré yo quien imparta las órdenes.

 

Ya sea que lideren movimientos, emitan fallos desde el banco del juez, vuelvan a la sala de aula, sean candidatos para cargos públicos, asesoren a clientes o defiendan a acusados, ya están listos para definir nuestro futuro.  Ya no son apenas estudiantes de derecho.  Ahora son representantes del sistema judicial de nuestra nación.  Creo que el privilegio de tener un diploma de la Escuela de Leyes de Columbia conlleva una responsabilidad constante de utilizar sus dotes y capacitación para mejorar este sistema.  Y espero poder contar con cada uno de ustedes como asociados en la búsqueda y la administración de la justicia, sea como fuere que decidan servir.

 

Podrán elegir ofrecer opiniones sobre cómo nuestra nación luchará contra la delincuencia, protegerá nuestra seguridad nacional, fortalecerá nuestro sistema educativo, protegerá el medio ambiente o asegurará que todos los estadounidenses tengan la oportunidad de hacer realidad sus sueños y completar su potencial.  Pero todos pueden seguir adelante desde este lugar, y a partir de este momento, y dar significado a los ideales que animan nuestras leyes.   También pueden influenciar estas leyes de maneras que exigen que nuestro país busque llegar cada vez más alto, ser mejor y hacer más por los más vulnerables entre nosotros.  

 

Pero, antes de hacerlo, los insto a que miren hacia atrás, piensen sobre la visión más emocionante que hayan tenido con respecto a cómo mejorar nuestras leyes - y nuestra sociedad - mientras estuvieron aquí.  Tal vez sea algo en lo que están trabajando ahora.  O tal vez sea algo que nunca han compartido.   Hoy mismo, escríbanlo.  Imprímanlo en sus cerebros.  Conversen al respecto con un familiar que les haya brindado apoyo, o un amigo en el que confíen, o un profesor al que nunca olvidarán.

 

Luego, conserven ese objetivo en sus mentes.  En las encrucijadas a lo largo de sus carreras y vidas, pregúntense: ¿Ya lo he hecho?  Y, como lo han hecho tantos otros graduados de la Escuela de Leyes de Columbia, sigan haciéndose esta pregunta -- inclusive cuando ya tengan canas y hayan perdido hace mucho tiempo el peinado afro.  Sigan haciéndose la pregunta hasta que su respuesta sea, "Sí".

 

Esta tarde, al celebrar sus logros, estoy ansioso por ver hacia dónde cada uno de ustedes llevará a nuestra nación y a nuestro mundo.  Pero donde sea este lugar, sepan esto: Estamos contando con ustedes.  Yo estoy contando con ustedes.  Nuestra nación está contando con ustedes.  Y, a partir de ahora, la historia está contando con ustedes.

 

Buena suerte y felicitaciones.  Estoy orgulloso de todos ustedes.