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El Secretario de Justicia de los Estados Unidos Eric Holder habla en la Ceremonia Nacional en memoria de agentes de las fuerzas del orden público por el 11 de septiembre
Washington, DC
United States
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11/09/2010

Gracias, Herb Giobbi, por esas amables palabras, por tu liderazgo y tu compromiso con los agentes de policía de nuestro país y sus familias.

Es un honor estar aquí con todos ustedes. Y agradezco la oportunidad de rendir tributo, y expresar mi respeto, a los 72 agentes que – el 11 de septiembre de 2001 – hicieron el máximo sacrificio.

Hoy, al leer los nombres de estos héroes caídos, también reflexionamos sobre sus vidas, legados, valor y su vocación especial: la vocación de servir a los demás; una vocación compartida por todos los demás miembros de la comunidad de las fuerzas del orden público de nuestro país; y una vocación arraigada firmemente en los principios de sacrificio y valentía personal ejemplificados tan claramente por cada uno de estos hombres y mujeres a quienes homenajeamos hoy.

Hace nueve años, el Oficial de Justicia del Estado de Nueva York Mitchel Wallace se dirigía a trabajar en el centro de Manhattan. Al principio, solo era una bella mañana otoñal más. Pero de repente, en el cielo sucedió lo atroz, lo inimaginable. Cuando el Oficial Wallace miró hacia arriba, vio una imagen desgarradora que ninguno de nosotros podrá olvidar nunca. Y comenzó a correr: en dirección a la catástrofe. Cuando el Oficial Mitchel llegó al World Trade Center, que estaba envuelto en llamas y lleno de desechos volando, llamó a su prometida. Ella le pidió desesperada que se mantuviera alejado. “Es un ataque”, dijo, “¡no un accidente!”.  Pero el Oficial Mitchel ya había tomado una decisión.  Respondió de manera simple y resuelta: “Tengo que ayudar”.

 

“Tengo que ayudar”.

Es posible que los 72 agentes que homenajeamos hoy no hayan dicho en voz alta esas tres palabras. Pero no tengan dudas de que ese fue el pensamiento silencioso que los guió a todos ellos en ese día trágico: y a lo largo de sus vidas. Sí, “tengo que ayudar” fue el precepto simple pero profundo que los hizo elegir – sin pensarlo dos veces – el deber por sobre el miedo, la compasión por sobre la precaución y la seguridad de otros por sobre su propia seguridad.

El Oficial James Lynch estaba de licencia por enfermedad cuando escuchó las terribles noticias sobre las Torres Gemelas. Pero no dudó. Llamó a su cocapitán y anunció, “voy”.

El Oficial David LeMagne, que hacía menos de un año que trabajaba en ese puesto, estaba en su puesto en PATH en Jersey City. Le dijeron que se quede en su lugar. Pero, citando su capacitación como paramédico, pidió que lo enviaran al medio de la tormenta.

En el World Trade Center, el Jefe de Bomberos de Nueva York Ronald Bucca subió 78 pisos de escaleras: mientras otros a su alrededor bajaban corriendo.

El Oficial Mark Ellis, que acababa de cumplir 26 años, y el Oficial Ramón Suàrez – en su decimosexto año en la fuerza – no estaban en el World Trade Center cuando comenzaron los ataques. Pero tomaron un taxi y fueron corriendo al lugar de los hechos. Estuvieron entre los primeros en llegar. Y estuvieron entre las docenas de agentes extraordinarios que, frente al peligro y la devastación, respondieron con coraje, decisión y la determinación de salvar vidas.

Y el Inspector Anthony Infante tomó la última decisión de su vida en esa mañana bella de septiembre que se había vuelto horrorosa de manera tan inesperada e inexplicable: le dio su chaqueta a un extraño, con la esperanza de que lo protegiera de las llamas que los rodeaban.

 

Estos son los héroes que recordamos hoy. Estos son los agentes de las fuerzas del orden público que nunca olvidaremos.

Mi hermano, William, es un agente de policía retirado de la Autoridad Portuaria. Para él, para mí, para muchos de ustedes y para muchísimos estadounidenses, los nombres grabados en este muro son más que nombres en un monumento. Son sonrisas, espíritus, personalidades, momentos, primeros encuentros... y últimas palabras. Son recuerdos personales grabados para siempre en nuestros corazones. Y son recordatorios cruciales y constantes de por qué el Departamento de Justicia ha trabajado sin tregua – y lo seguirá haciendo – para combatir al terrorismo en todas sus formas y para responsabilizar a todos los responsables de los ataques del 11 de septiembre de una manera coherente con los valores de nuestro país.

Esta labor sigue en curso. Siempre será mi mayor prioridad. Esa es mi promesa solemne a todos ustedes. También es mi obligación sagrada para con los 2,996 estadounidenses que seguimos llorando y los 72 agentes de las fuerzas del orden público que homenajeamos hoy.

Hoy y en el futuro, continuemos con su trabajo. Desarrollemos su compromiso con sus conciudadanos y con los principios de justicia que definen a nuestro país. Y tomemos su sueño – de un mundo mejor, más seguro y más justo – y adoptémoslo como sueño propio. Y hagámoslo adoptando su lema: “Tengo que ayudar”.

Gracias. Que Dios bendiga a estos agentes caídos y que Dios bendiga a los Estados Unidos de América.